Silvia Goldman escribe desde su seno. Desde su sensualidad a través de. Su ombligo. Su
boca. Su lenguaje es una uña con la que se obliga a sentir. Una reflexión sobre lo vivo y sus
ausencias. Introspección basada en el vacío más profundo como el recuerdo de una madre
muerta y su dolor. La memoria es el síntoma de íntimos poemas recuperados al ras de esa
silla etérea y su pudor. Elementos que se combinan como tantos ladrillos de Led Godot
huérfanos mediante palabras en guerra unas con otras para formar construcciones. Con esa
misma mano. Ahora inesperadas que no se parecen entre sí. De modo que cada página
estalla. Explota en una conexión asombrosa de un momento mágico. ¿No veis los
girasoles?
Esperanza Vives





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